Carmen Romero, directora de la Fundación Teatro a Mil

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“Hay empresas que miran la cultura como espectáculo y no como cultura; no como un eje fundamental de desarrollo del país”

La Fundación Teatro a Mil está por cumplir un cuarto de siglo y quedan pocos días para celebrar un nuevo festival que cada enero reúne lo mejor de las tablas chilenas y obras extranjeras.

En un país donde hacer cultura cuesta, la creadora y directora de dicha fundación, Carmen Romero, reflexiona acerca de diversos tópicos, con franqueza y sin rodeos, y donde el financiamiento muchas veces escasea.

¿Cómo ha evolucionado la relación con los auspiciadores en un cuarto de siglo?

El Festival Santiago a Mil se inició en 1994 como un proyecto colectivo de personas y compañías que amaban el teatro. No había auspiciadores privados interesados en apoyar la cultura, aunque sí contamos desde un principio con el apoyo de algunos medios de comunicación que, a través de canjes, se asociaron al festival.

Telefónica y Minera Escondida, se suman con recursos a fines de los noventa acogiéndose a los beneficios tributarios de la debutante Ley Valdés. En el caso de BHP / Minera Escondida vamos a cumplir dos décadas con un apoyo sostenido de su parte; algo inédito en nuestro país y merecen un reconocimiento, a lo largo de todos estos años nunca se han pronunciado respecto a nuestra programación, manteniendo una relación de absoluta autonomía. El festival ha tenido también otros auspiciadores, pero su vínculo ha sido más “extractivo”; de entrada y salida.

¿Se ha profesionalizado la relación con las empresas?

Efectivamente. Antes, las artes escénicas no eran vistas como una posibilidad por las empresas, pero hemos ido desarrollando un modelo de trabajo con ellas, que no está enfocado en la lógica de buscar donantes, sino en construir una propuesta de valor que apunte a trabajar temas de sostenibilidad y el rol de las empresas en la sociedad, porque creemos que el bien público se logra y se construye entre todos. Hoy en día el concepto de auspiciador, que no era una figura recurrente en este mundo cultural, ha cobrado valor y ha abierto el camino para que otros busquen esta forma de financiamiento.

¿Las marcas ven de manera distinta el arte en general?

No todas las marcas son iguales. Las hay masivas y otras más de nicho, que miran los proyectos culturales de acuerdo a su impacto, el que puede ser cualitativo y/o cuantitativo. Santiago a Mil es un proyecto masivo, porque está en la calle, y  algunas marcas tienen interés en asociarse al festival precisamente por esta masividad. El 80% de las personas que asisten al festival lo hacen de manera gratuita. Ahora, cuando queremos que las marcas se vinculen a algunos componentes más de nicho de Santiago a Mil, que tienen vida propia y energía renovadora, como por ejemplo LAB Escénico, Platea o Tocatas Mil, es más difícil lograrlo y ahí tenemos desafíos pendientes.

¿Cómo se puede integrar de buena manera una marca al sistema del arte contemporáneo? ¿Aquello que beneficie su imagen y valor de marca?

En esto hay un desafío porque en Chile las marcas y las empresas, en general, quieren estar integradas al nombre del evento. Están interesadas en el proyecto porque convoca públicos diversos y es un proyecto masivo querido por la gente, pero no logran identificar cómo se verían ante una marca tan fuerte como la del festival. Ahí, nosotros tenemos que innovar con la ayuda de quienes quieran hacer ese camino.

Las artes escénicas contemporáneas son una oportunidad para las marcas, especialmente para las que les hablan a los jóvenes. El teatro habla de la sociedad en la que estamos viviendo y en la que soñamos vivir, aborda con ironía, imaginación y juego los temas que ocupan y preocupan a las personas en sus vidas íntimas, cotidianas y contingentes. Siempre está la posibilidad de vincular lo que hacemos con los intereses de los públicos de las marcas con las que queremos asociarnos, el punto es que se atrevan, que estén dispuestas a correr riesgos, a salir de su espacio de confort.

Salir del confort y apoyar artes vivas, que tienen que ver con la relación cara a cara.

Sí, con el contacto con el otro, con la vinculación, y creemos que eso hoy en día, en un mundo tan digitalizado, mediatizado por una pantalla, más que constituir una amenaza es una oportunidad, porque los seres humanos necesitamos conectarnos, necesitamos estar con otros. Por lo mismo, nuestros espectáculos de calle son tan masivos, porque la gente los vive como un momento de encuentro con el otro y una tregua en el verano luego de un año agitado.

Las marcas tienen que arriesgarse, tienen  que atreverse a hacer este camino, que no es corto. Lo que pasa, es que los encargados de marketing de las empresas miran a corto plazo. Están ejecutando un presupuesto que debe dar frutos rápidamente y, en esa dinámica, muchas veces quedamos entrampados porque los resultados acá se miden mucho más a mediano plazo.

La mirada que tienen algunas empresas es una mirada de la cultura como espectáculo, no la mirada de la cultura como un eje fundamental de desarrollo del país. Desprejuiciarse y confiar, también, con respecto al rol de las empresas. Por otro lado, hay que ir mirando a las empresas como un actor social relevante que tiene un rol que cumplir en la sociedad; entender el cómo esa empresa quiere cumplir ese rol y no imponerle nuestra manera de mirar el mundo. Y ese diálogo es el que hay que seguir construyendo.

Las artes escénicas contemporáneas son una oportunidad para las marcas, especialmente para las que les hablan a los jóvenes. El teatro habla de la sociedad en la que estamos viviendo y en la que soñamos vivir, aborda con ironía, imaginación y juego los temas que ocupan y preocupan a las personas en sus vidas íntimas, cotidianas y contingentes.

¿Cómo debería aportar la tecnología al vínculo entre arte y empresa en el futuro?

En nuestros estudios de opinión, el rol que juegan las redes sociales en la información del público es relevante, siendo el soporte más importante de información en relación a nuestra programación. Por lo mismo, hay que saber vincular la programación del festival con las experiencias que tiene el público usando la tecnología, y con los atributos y valores de las marcas vinculadas. Ese triángulo es el que hay que trabajar. El desafío es saber cómo innovar, cómo estar a la vanguardia de lo que está pasando sin perder el corazón de lo que hacemos, que es experiencial.

En la medida que tenemos una sociedad deprimida, violenta y desconfiada, vamos a tener una sociedad difícil de gobernar, con más bajos índices de productividad, y menos capacidad de resiliencia. El arte tiene también una función social, de armar un tejido que posibilite que nuestro país camine de una manera más consistente hacia el desarrollo. Por eso digo que hay que salirse del corto plazo.

Las empresas, también, diferencian la cultura de la educación, y nosotros creemos que éstas van de la mano. Cuando a la gente, y a las empresas, les preguntan cuáles son los temas importantes de los que se debe ocupar Chile, mencionan el empleo, la educación y la salud; como si la cultura no fuese salud, como si la cultura no fuese educación, como si la cultura no fuese empleo.