MAÑOSA POSVERDAD

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Christopher Nolan desde hace casi 20 años, nos viene entregando un conjunto de películas que juegan con el binomio realidad / hiper-realidad / metarealidad. “Dunkirk”, “Interstellar”, “Inception”, sin olvidar la paroxística “Memento”. Historias tejidas con secuencias traslapadas, interacciones espacio-temporales, juegos con el sentido de la realidad, invasión a los sueños. Un bluff, un flagrante invento, una prolija maquinación de varios millones de dólares. Y como sabemos que el cine siempre ha estado ligado a la publicidad, aquí también el uso y abuso de las “artes de la representación”, es trabajo recurrente para un buen número de agencias.

 

La mente humana es un campo de batalla (Durkirk); complejo, cruel, trágico. La posibilidad de retener sólo un mínimo volumen de información, sumado al constante bombardeo de todo tipo de estímulos, conlleva a la necesidad neurológica de estructurar y priorizar todo cuanto sea percibido por nuestros sentidos (Memento). Real, posible, falso son barreras clasificadoras que cada vez usamos con mayor frecuencia para ordenar nuestras experiencias de aprendizaje (Interestellar). En este complicado escenario mental, el trabajo más laberíntico y peligroso para cualquier compañía, es la construcción de marcas en el cerebro de la gente (Inception). Labor complicadísima, por cuanto el público de hoy está más informado, es proactivo y reclama sin misericordia cuando considera que se ha cometido con él alguna injusticia.

 

El mundo se ha transformado en una esfera de cristal. Ya no hay lugar para esconderse ni para mentir. Todo se sabe, porque no hay manera de controlar la información. En este mundo exigente de verdades, cada empresa se enfrenta a la espada de Damocles de un consumidor (mejor dicho “prosumidor”), cada vez más resuelto y empoderado. Este nuevo perfil de consumidor no acepta el más mínimo truco comercial, los distingue y rechaza con claridad y firmeza, no tolera la mentira y tiene una opinión más categórica respecto a los daños y perjuicios que puede producir la comunicación engañosa.

 

En este escenario las empresas comienzan a entender esta orientación, ahora se debe transmitir honestidad, credibilidad, transparencia, escapando del esquema tradicional que centraba sus discursos en la perfección de los productos o servicios, intentando de paso llegar a las cúspides de la emoción con tales evidencias. Por entonces el objetivo de resultar aspiracional para sus consumidores era determinante. Hoy la aspiracionalidad pasa por la autenticidad de las cosas. Lo real cobra ahora mucho mayor valor, la gente quiere que le digan la verdad y hoy saben reconocerla más que en ningún otro momento de la historia. Cada vez resulta para el público más inaceptable tener que soportar conceptos como “aplican restricciones”, “infórmese sobre el límite”, “no acumulable con”, “la imagen es sólo de referencia”. Tal vez esto no podría entrar en la categoría de mentiras descaradas, pero no decir toda la verdad o maquillarla de alguna manera tampoco es contar con la mejor vitrina para una elección informada.

 

El encubrimiento de las intenciones es una actitud predominante entre las conductas comunicativas de nuestra sociedad. Es una manera aceptada y a menudo esperada de evitar conflictos. Sin embargo, esta es una acción cada vez menos efectiva y las marcas lentamente se están dando cuenta de esta realidad que los prosumidores castigan con mayor insistencia y ruido.

 

Identidad, dominio y afecto son las tres necesidades básicas de comunicación que todos los seres humanos tenemos; representar lo que de verdad somos (identidad), demostrar qué somos capaces de hacer o cómo cumplimos con nuestras promesas (dominio) y finalmente esperar que simplemente se nos quiera por lo que somos y hacemos (afecto), son las condiciones sine qua non que las marcas, sus ejecutivos y las agencias, debieran colgar como filacterias en sus frentes para no perder foco en aquello que sus públicos exigen cada día con mayor insistencia. Ya no es posible mentir, ya no debe mentirse. El mundo está abierto y el engaño es peligroso, nocivo para las empresas y para el corazón humano. La guerra de las marcas hoy es una batalla de realidades en la mente del prosumidor y a todos debiera parecernos positivo que así sea.

 

Hace 2000 años se nos dijo “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. Que el engaño, el encubrimiento de la realidad, los simulacros informativos, la posverdad, queden para los fines de semana, un par horas, en el cine, o en Netflix, viendo una película de Nolan, cualquiera de ellas, ex profesamente pagando para esto: el ser engañados, pero sabiéndolo.

 

 

ESCALA MACIMÉTRICA

 

¡HURRAS Y VÍTORES!:

Para el personaje anónimo que escribió: “Se puede engañar a pocos por poco tiempo, a algunos por algún tiempo, a muchos por mucho tiempo, pero no se puede engañar a todos por todo el tiempo”.

 

CHAPÓ:

Para todas aquellas compañías que han decidido enarbolar la bandera de la transparencia y autenticidad como discurso central en sus comunicaciones (BMW, Apple, Amazon).

 

OKEY… APROBADO:

Para Coca-Cola que retirará su versión “Zero”, por una de verdad sin azúcar.

 

MAOMETANO, NO MORE:

Para el CONAR… seamos sinceros ¿sirve de algo?

 

SOPA DE NATRE:

Para todos los infomerciales, catálogos de producto y fotografías de combos fast food. El fenómeno aquí todavía es un acuerdo hipócrita consensuado entre avisador y público.

 

TUMOR YODA:

Para todo epílogo de letra chica, con asterisco, doble asterisco, triple asterisco, que aclara restricciones o condiciones de uso.

 

YOGURT DE AJO:

Para los discursos políticos del último tiempo. Una demostración flagrante de “venta ideológica” centrada en ficciones y sofismas de aburrida matiné, no siempre apta para todo espectador.

 

NOTA: En columna anterior (Bulb! nº 49) se solicitó la opinión de Andrónico Luksic respecto la importancia de la “Creatividad” para el desarrollo del país. Este columnista sigue a la espera de una repuesta del empresario y hoy twittero.