Soy un fanático de los autos, de la Fórmula 1 y del motorsport en casi todas sus formas: rally, pista, tecnología, diseño y, por supuesto, autos. He tenido la suerte de trabajar muchos años en la industria automotriz e incluso vincularme profesionalmente con la Fórmula 1. Y hay una pregunta que siempre me ha dado vueltas:
¿Cuánto cuesta auspiciar un auto de carrera?
Desde mis inicios, incluso tuve la oportunidad de auspiciar algunos autos en Chile, muchas veces a través de canjes o acuerdos pequeños. Pero la realidad de la Fórmula 1 juega en otra categoría. Y dentro de esa categoría, Ferrari probablemente sea el activo más caro y aspiracional de auspiciar en el deporte motor.
Para ponerlo en perspectiva, el portafolio comercial de Ferrari para 2026 se estima en más de US$400 millones anuales. Sí, anuales. Basta mirar a sus principales socios para entender la dimensión del negocio: HP (= US$100MM anuales), Philip Morris International (= US$75MM anuales) y UniCredit (= US$60MM anuales)*. Y eso es solo la punta del iceberg.
Detrás viene un ecosistema de marcas globales que confirma que Ferrari no vende solo espacio en un auto: vende acceso a una de las narrativas más poderosas del marketing mundial.
Y ahí aparece la pregunta más interesante: ¿qué compra realmente una marca cuando auspicia un Ferrari? Porque no compra solo un logo sobre una carrocería roja. Compra asociación simbólica. Compra prestigio, velocidad, innovación, precisión y deseo.
El patrocinio en Fórmula 1 no vende solamente visibilidad. Vende reputación. Vende narrativa. Vende pertenencia a una élite global. Nadie necesita comprarse un Ferrari para sentir lo que Ferrari representa. Si compras un computador HP, puedes sentir que eliges rendimiento de alto nivel. Si cargas combustible en Shell, puedes percibir algo de esa ingeniería. Si usas Puma o Richard Mille, entras, aunque sea por segundos, en ese universo aspiracional. Y así funciona la magia del branding: no compras el auto, compras un pedazo de su significado.
Además, Ferrari no vive solo en la pista. Vive en el casco, en el mono, en el box, en el hospitality, en las redes sociales, en las gorras, en las chaquetas y en el merchandising.
También vive en el inconsciente colectivo de millones de personas. Ahí está el verdadero retorno: quedar instalado en la mente del consumidor como parte de algo extraordinario.
Lo interesante es que la Fórmula 1 ha cambiado muchísimo. Hoy es más tecnológica, más global, más digital y más data-driven que nunca. Pero hay algo que no cambia: sigue siendo una de las plataformas de branding más poderosas del planeta. Y Ferrari, dentro de ese universo, sigue siendo Ferrari.
Auspiciar su auto no es solo invertir en visibilidad. Es comprar acceso a una de las narrativas más fuertes del marketing moderno: la de pertenecer a algo extraordinario.
*Fuente de referencia: @pillole.di.economia
Por Francisco Pastor / Founder Andes Marketing Consulting / Fotografía Ferrari Media Centre