Entrevista a César Mendoza, gerente de marketing de Sportlife

En un contexto donde la industria del fitness está evolucionando hacia experiencias más integrales y humanas, Sportlife impulsa una nueva mirada sobre la convivencia dentro de sus gimnasios con la campaña “El respeto también se entrena”. La iniciativa, inspirada en el marco de la Ley Karin pero con una visión que va más allá del cumplimiento normativo, busca instalar el respeto, la inclusión y el buen trato como pilares fundamentales de la experiencia en todas sus sedes.

A través de esta campaña, la cadena busca promover una cultura donde no solo importe el rendimiento físico, sino también cómo las personas comparten los espacios, se relacionan entre sí y valoran el trabajo de quienes forman parte de la experiencia diaria en el gimnasio. Sobre este nuevo enfoque y los desafíos de transformar la cultura en la industria del fitness, conversamos con César Mendoza, gerente de marketing de Sportlife.

¿Cómo fue el proceso de pasar del cumplimiento legal a una campaña de cultura interna tan visible?

La Ley Karin fue el detonante, pues hay una condición mandatoria y absolutamente necesaria; pero no la razón de fondo. Cuando llegó la norma, nuestra primera pregunta no fue «¿cómo cumplimos?» sino «¿esto ya es parte de quiénes somos?». Y la respuesta honesta era sí.

Sportlife lleva años construyendo una identidad de marca basada en la comunidad, en el respeto por los distintos cuerpos, niveles y procesos. La campaña no nació de un departamento legal ni de una checklist regulatoria: nació de reconocer que teníamos algo importante que decir, y que la ley nos daba el contexto perfecto para decirlo en voz alta. Transformamos la obligación en declaración. Y esa diferencia lo cambia todo, porque la gente la lee distinto: no como una advertencia, sino como una postura.

¿Qué tensiones o conductas detectaron que hicieron urgente «entrenar la forma en que convivimos»?

No es que existieran tensiones que generaron un sentido de urgencia. El gimnasio es un espacio de exposición, donde hay siempre opciones de vulnerabilidad. Por tanto si no hay cultura explícita de respeto, aparecen los micro-conflictos: comentarios sobre el cuerpo del otro, presión implícita por equipamiento, actitudes de superioridad entre niveles de entrenamiento, y en el caso del staff, situaciones donde el cliente confunde «pagar una membresía» con «tener poder sobre quien trabaja aquí».

No estamos hablando de incidentes aislados graves. Estamos hablando del ruido cotidiano que, acumulado, deteriora la experiencia y la cultura. Detectamos eso, y decidimos visibilizarlo en lugar de normalizarlo.

¿Cómo reacciona la gente cuando cambias la prohibición por un mensaje basado en la identidad y la comunidad?

Positivamente. La diferencia es inmediata y palpable; un reglamento dice «no hagas esto». Una declaración de cultura dice «así somos nosotros». El primero genera resistencia o indiferencia. El segundo genera pertenencia.

Cuando reformulamos las normas de convivencia como parte de la identidad Sportlife, la gente dejó de leerlas como restricciones y empezó a leerlas como descripción de una tribu. «Aquí no importa cuánto levantas, importa cómo te relacionas». Eso le habla al ego de una manera completamente distinta. Ya no es «te estoy controlando», “te estoy haciendo parte de un propósito”.

¿Cómo logran que alguien que paga por un servicio adopte estas conductas de forma voluntaria?

Hay una trampa clásica en la industria del fitness: tratar al socio solo como consumidor. Cuando haces eso, él ejerce sus «derechos de consumidor» también frente a las personas que trabajan en el gimnasio. Nosotros apostamos por el modelo contrario: el socio como parte de una comunidad, con responsabilidades hacia ella.

Eso se construye desde el primer contacto y es parte del ADN de Sportlife en estos 32 años. Desde cómo se onboarda a un nuevo socio, qué se le dice en la bienvenida, qué ven en las pantallas cuando entrenan, qué dice el afiche en el camarín. Todo suma. La voluntad no se impone, se cultiva. Y cuando alguien siente que pertenece a algo con valores, cuida ese algo — incluso si nadie lo está mirando.

En la era de la presión estética en redes sociales, ¿qué acciones concretas toman para que todos se sientan incluidos?

La presión estética no es un tema externo que entra al gimnasio: el gimnasio históricamente la ha amplificado. Nosotros decidimos conscientemente ir en una dirección distinta.

En términos concretos: la comunicación visual de la campaña usa fotografía en blanco y negro que humaniza a las personas en lugar de idealizarlas. No mostramos cuerpos perfectos: mostramos personas en proceso, sonriendo, pasándolo bien, cambiando. Nuestros entrenadores están capacitados para no hacer comentarios sobre la composición corporal de los socios y lo trabajamos constantemente. Y estamos trabajando en que el lenguaje de bienvenida y orientación no asuma un punto de partida «ideal»; el punto de partida es el que cada uno ha pactado consigo mismo.

¿De qué manera la campaña protege y dignifica el rol del personal frente a los clientes?

Esto no es negociable para nosotros. La Ley Karin protege al trabajador, y esa protección tiene que ser visible. No puede quedar solo en un protocolo interno que nadie lee.

La campaña nombra explícitamente al personal — la persona de servicio, la recepcionista, el entrenador — como parte esencial de la experiencia Sportlife. Eso tiene un efecto doble: el equipo humano se siente reconocido, y el socio entiende que tratar mal a ese trabajador es incompatible con pertenecer a esta comunidad. Hemos dejado de hablar del personal como «staff de soporte» y empezamos a hablarlos como co-constructores de la experiencia. Ese cambio de lenguaje no es cosmético: reorganiza cómo el socio los percibe y, por ende, cómo los trata.

¿Cómo planean medir el éxito a largo plazo? ¿Habrá indicadores de satisfacción o disminución de conflictos?

Sí, y es una parte crítica de la estrategia para nosotros. A nivel cuantitativo, vamos a mantener la línea de base en torno a tres ejes: satisfacción de socios (NPS y encuestas de experiencia), satisfacción del personal (clima laboral interno), y registros de incidentes o conflictos formalizados en sedes.

Pero también hay métricas más blandas que nos importan mucho: ¿la gente menciona espontáneamente la campaña al hablar de Sportlife? ¿Los socios la identifican como una razón de permanencia? ¿El personal la siente como respaldo real, no como decoración? Esas percepciones si bien son más complejas de medir, son elementos importante para ir testeando y llevando un termómetro de las acciones.

El objetivo no es que los números no nos avergüencen. Es que dentro de dos años, cuando alguien piense en un gimnasio donde se siente seguro y respetado, el primero que venga a la mente sea Sportlife.